Aceptarse no es resignarse. Es dejar de pelear contigo para empezar a construir desde quien sí eres.


“Esto es lo que hay”

Conversando con mi amiga Kenia Vera.

Kenia es una mujer hispanoamericana, venezolana, con una luz bonita. De esas personas chispeantes, con buen sentido del humor y una presencia que no pasa desapercibida.

Le gusta verse fuerte, femenina, con carácter: labios rojos, ropa bien puesta, alegría en los gestos y esa energía de quien entra a un lugar y parece decir:

“llegó el sabor, llegó K”.

Hay personas que llegan con vida encima.

Sí. Ella es.

Hablábamos de cuerpo, imagen, entrenamiento y aceptación, porque con su nueva pareja ella decidió aceptarse y decirse a sí misma:

“esto es lo que hay”.

Y hace poco, fue cuando empezó a sentirse mejor consigo misma.

No cuando bajó de peso.
No cuando intentó parecerse a otra.
No cuando se castigó en el gimnasio.
No cuando se miró como un proyecto defectuoso que había que corregir.

Cuando se aceptó.

Y eso no significa abandonarse. Todo lo contrario.

Kenia se cuida. Hace deporte. Pero no entrena para convertirse en otra mujer. Entrena para sentirse fuerte.

Entrena porque su hija vive lejos, en Colombia, y Kenia vive en Estados Unidos. Su hija pesa alrededor de 28 kilos, y ella desea poder cargarla cuando vuelva a verla.

No sé si existe una razón más poderosa para entrenar que esa 🥹❤️

Ahí el cuerpo vuelve a ser algo mucho más importante:

fuerza,
poder,
energía,
y posibilidad.

Y pienso sinceramente: este es el camino.

Aceptarse para dejar de pelear con el espejo y empezar a construir desde lo que se es.

Aceptarse es reconciliarse con el cuerpo.
Es amar la versión a la que tú misma vas dando forma.
Es reconstruirse para encontrarse: llegar a una versión de ti que no cambiarías por ninguna otra en este mundo.


El molde cambia todo el tiempo

A veces parece que el mundo estuviera diseñado para que todas terminemos pareciéndonos un poco.

Las mismas cejas.
Los mismos labios.
El mismo cabello.
La misma foto.
La misma pose.

Y el molde además cambia, porque la industria necesita que nunca terminemos de sentirnos suficientes.

Hubo un tiempo en que las cejas finísimas eran lo máximo. Después llegaron las cejas gruesas.

Hace años, los labios gruesos eran motivo de burlas y apodos despectivos. Ahora la tendencia los empuja al extremo: cuanto más voluminosos, mejor. Y, a veces, pareciera que la persona ya no se está mirando a sí misma, sino intentando parecerse a una cara que vio en otra parte.

Y ahí vamos muchas corriendo detrás de la tendencia, como persiguiendo un bus que nunca se detiene.

El problema no es querer verse bien.
El problema es querer verse bien según una plantilla que cambia cada tres años.

Por eso la pregunta no es si tus cejas son lo suficientemente lindas, si tus labios deberían ser distintos, si tu cabello “debería” verse de otra forma, si tu piel encaja en el tono de moda o si tus pestañas tienen demasiado o muy poco.

La pregunta es otra:

¿Eso que estás intentando cambiar en ti te acerca o te aleja de ti?


Mi cabello intentando salir como era

En mi caso, me rapé porque estaba cansada de taparme las canas. Cansada de vivir pendiente de la raíz.

Me teñía, respiraba tres días, y luego otra vez:

ahí estaban las canas.

Cuando el cabello empezó a crecer, lo vi claro:

tenía muchas canas.
Por eso se veían tan rápido.

No era que el tinte me durara poco.

Era mi cabello intentando salir como era.

Dejar de teñirme me dio paz.

No porque ahora no quiera verme bien. Claro que quiero verme bien. Quiero sentirme bonita, femenina, cuidada, elegante. Quiero gustarme.

Pero ya no quiero que gustarme dependa de vivir peleando con lo que tengo.

Quiero encontrar, con lo que tengo hoy, una forma nueva de estar en el mundo.


El estilo empieza mucho antes del clóset

Y ahí no entra solo el cabello.

También entra la ropa. La casa. El carro. La manera en que una vive.

Estoy empezando a entender que el estilo no empieza en el clóset.

Empieza mucho antes.

Yo soy una persona de orden. Me gustan los espacios claros, la cama hecha, la mesa limpia, las cosas guardadas donde van. El carro sin vasos ni papeles. La nevera sin pegatinas, sin adornos, sin ruido visual.

Me gusta ver todo impoluto, como cuando salió de fábrica.

No necesito ponerle adornos a los adornos.

Ni recargar las paredes con cuadros como si viviera dentro de una galería por muy caros que estos sean.

Me gusta la claridad. Me gusta la luz. Me gusta que las cosas respiren.

Y ahora entiendo por qué me siento tan cómoda vistiendo con uno o dos colores como máximo.

No porque sea una regla.
No porque sea mejor.

Es porque a mí me ordena.

Cuando llevo una combinación limpia, prendas con buena caída y pocos colores, me siento en mi lugar.

Me reconozco.

Y ahí entendí algo más:

Quizá el problema no es que muchas personas no sepan cómo verse bien.
Quizá nunca se han preguntado cómo se sienten más ellas mismas.

¿Alguna vez te has preguntado cómo te sientes más tú?


Aprender a mirarte con tus propios ojos

Porque a veces una se mira al espejo y no se siente cómoda. Y muy posiblemente es porque está intentando vivir dentro de una versión que no le pertenece.

Una versión prestada.
Una versión vista en redes.
Una versión que queda bien en otra persona, pero no en una.

Yo cada vez me miro más a mí y menos a lo que está en tendencia. Me he vuelto un poco atemporal.

Mis canas están creciendo. Mi textura natural aparece dura y rebelde. A veces yo misma me veo rara en el espejo y en las fotos. A veces pienso si debería alisármelo como hacía antes.

Pero también me miro y siento algo distinto.

Me siento viva.

No perfecta.
No terminada.
No convertida en una versión final de nada ni de nadie.

Y algunas veces, con mi mismo cabello, me siento una diva de portada de revista jajajaja.

Como esta portada ficticia que me hizo mi amigo Fernando Guillén con una foto que subí al estado jajajaja.

Justo de eso se trata Canas con ganas.

No de parecer tu versión de hace veinte años.
No de parecer perfecta para todo el mundo.
No de parecer igual a todas.

Sino de volver a reconocerte.

Porque gustarte no es convertirte en otra.

Gustarte es aprender a verte con tus propios ojos.

Y dejar que tu propia luz salga e ilumine el mundo, como lo hace mi amiga Kenia en este momento exacto de su vida.


Si alguna vez te pasó algo parecido, puedes escribirme a historias@canasconganas.com.

Me gusta leer historias reales, procesos reales y conversaciones honestas. Este no es un correo automatizado ni una lista de spam. Si me escribes, te leeré personalmente.

Y, si quieres, también puedes dejarme tu nombre, país o redes sociales por si alguna vez deseas que mencione parte de tu historia o reflexión en un futuro artículo de Canas con ganas.