No había jugos envasados, refrescos ni demasiadas cosas que vinieran en lata. La regla era simple: si no podía ponerse en una plancha o llegar a casa casi vivo, probablemente era poco saludable.
Crecí en una especie de cuartel alimentario.
El pollo, a la plancha.
La carne, a la plancha.
El pescado, a la plancha.
El azúcar, bajo vigilancia.
Así crecí, y la costumbre se me quedó pegada.
Mi cabeza funciona así: busco lo menos sospechoso del menú.
Y ahora resulta que, después de una crianza alimentaria casi militar, no basta con comer “saludable”. También tengo que revisar la proteína, los carbohidratos, las frutas, las verduras y si, todo eso ayuda a construir músculo.
Después de media vida evitando frituras, refrescos y jugos de caja, ahora también me toca auditar el plato.
Eso es lo que estoy aprendiendo: a combinar mejor los alimentos para sostener el cuerpo que entreno.