Me sostuvo una razón que me importaba lo suficiente como para reorganizar mi vida cada vez que fue necesario.
Durante casi cinco años cambié de horarios, de trabajo, de país e incluso de continente.
Si buscas cuál es la mejor hora para entrenar, encontrarás respuestas para todos los gustos: que por la mañana se quema más grasa, que por la tarde se rinde mejor o que al mediodía el cuerpo está en su punto.
Yo no puedo decirte cuál es la mejor.
He entrenado a las cuatro y media de la tarde, a las cinco de la mañana, al mediodía y, ahora, por la mañana, porque mi jornada laboral en España empieza alrededor de las tres.
Nunca elegí esos horarios porque fueran los mejores. Elegí los que cabían en la vida que tenía en ese momento.
Todo empezó delante de un espejo
No entré al gimnasio porque estuviera especialmente preocupada por mi salud.
Entré porque un día me miré al espejo y pensé:
«Como siga así, voy a dejar de gustarme».
Había perdido masa muscular y mi cuerpo ya no se veía como antes.
No quería parecerme a otra persona.
Quería seguir sintiéndome bien siendo yo.
Ese comienzo lo conté con más detalle en Mi comienzo: a los 42 me rapé, a los 47 me dejé las canas.
Durante varios años viajé constantemente por Latinoamérica por trabajo.

Los hoteles los elegía la empresa, no yo. Pero había algo que hacía siempre.
Dejaba la maleta.
Abría Google Maps.
Y escribía dos palabras:
Encontrar uno cerca me alegraba de verdad. Sabía que al día siguiente podría hacer mi rutina completa, algo difícil en la mayoría de los gimnasios de hotel.
El país cambiaba.
La ciudad cambiaba.
El hotel cambiaba.
Mi entrenamiento continuaba.
Nunca tuve un plan extraordinario para mantener el hábito.
Simplemente seguía.
¿Y por qué seguía?
En El abogado del diablo, el personaje interpretado por Al Pacino dice:
«Mi pecado favorito: la vanidad».
Pues sí, esa misma.
La vanidad fue el motivo por el que crucé la puerta del gimnasio por primera vez.
Y aquí está la lección que me dejó todo este proceso.
Eso de que un hábito se crea en veintiún días es una de las mayores simplificaciones que se han difundido sobre el comportamiento humano.
En mi experiencia, el hábito empezó a construirse porque había algo dentro de mí que me incomodaba demasiado. Volver al gimnasio era más fácil que seguir dejando de gustarme a mí misma.

Este artículo comenzó hablando de horarios, pero en realidad nunca se trató solo de encontrar la mejor hora para entrenar.
Se trata de encontrar una razón lo suficientemente fuerte para seguir.
Hace un tiempo iba caminando con mi pareja cuando vimos una escena muy fea.
Una mujer adulta, de cabello blanco, iba en una silla de ruedas. A su lado caminaba su hija. Lo supe porque la llamó «mamá» mientras le gritaba.
No conozco su historia. No sé por qué aquella mujer necesitaba la silla de ruedas ni qué había ocurrido entre ellas para llegar a ese momento.
Pero la escena fue lo suficientemente fuerte como para que mi pareja me mirara y me dijera:
«Si algún día me pasa algo así, mátame».
No lo dijo porque quisiera morir. Ahora mismo mi hombre es fuerte, guapo y está lleno de vida. Lo dijo desde el impacto, desde el miedo a perder por completo su independencia y quedar a merced de otra persona.
Fue una frase durísima, sí, pero también perfectamente entendible para mí en aquel momento.
Aquella escena me hizo consciente de algo que llevaba años construyendo sin haberlo pensado de esa manera.
Entrenar no solo me ayuda a conservar una imagen que me gusta. También es una forma de hacer todo lo que está en mis manos para conservar, durante el mayor tiempo posible, el movimiento, la energía, la fuerza y la agilidad. En definitiva, la capacidad de seguir haciendo mi vida por mí misma.
La mía comenzó siendo la vanidad. Con los años, esa razón se ha hecho mucho más grande: hoy también significa conservar el poder sobre mi cuerpo y sobre mi vida.
Busca tu razón.
Y si quieres leer otra historia sobre cómo una razón puede transformar la forma en que nos relacionamos con nuestro cuerpo, quizá te guste, «Gustarte sin convertirte en otra».
Con cariño,
📖 Si quieres seguir leyendo sobre entrenamiento desde la experiencia:
Cuatro años y medio entrenando con los zapatos equivocados, Te cuento por qué cambié de zapatillas y qué diferencia noté al entrenar con pesas.
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