Enciendo la televisión.

No encuentro el canal.

Cambio uno, cambio otro, vuelvo al primero. Nada. El partido ya ha empezado y yo sigo dando vueltas con el control remoto en la mano.

—ChatGPT, ¿dónde están dando la final en España? Rápido, dime el canal.

Cuando por fin consigo encontrar el canal, el reloj marca 3:25.  

—¡Santo cielo!

Corro a la cocina, abro la nevera y me sirvo media copa de vino para acompañar la final del Mundial.

Regreso al salón casi corriendo.

Me siento.

Bueno, intento sentarme.

Durante el partido no consigo quedarme quieta. Camino por el salón, vuelvo al sofá, me llevo las manos a la cabeza y grito frente a la televisión. A ratos parece que estoy jugando yo.

Mujer viendo de pie la final del Mundial 2026 entre España y Argentina desde el salón de su casa.

La media copa se acaba.

El partido, por supuesto, no.

Al final del primer tiempo regreso a la cocina con intención de servirme un poco más, pero me quedo parada frente a la nevera.

Tengo tres opciones:

Vino.

Cerveza sin alcohol.

Agua.

Quiero volver a llenarla de vino. Estoy nerviosa, emocionada y una final del Mundial parece una ocasión suficientemente buena. 

Pero al día siguiente me toca entrenar pierna.

Entonces empieza la negociación.

Un vinito más tampoco es tanto.

Quizás mañana no vaya.

No. Sabes que debes ir a entrenar.

Mientras discuto conmigo misma, camino hasta la ventana.

Desde la calle, unos chicos gritan:

—¡Que viva España!

—¡Que viva! —respondo.

Inmediatamente vuelven a gritar:

—¡Que viva España!

—¡Que viva!

No nos conocemos. Ellos no saben quién soy y yo tampoco sé quiénes son. Pero, durante unos minutos, celebramos exactamente lo mismo: que España ganara el Mundial.

Al final, uno de ellos, envuelto en una bandera de España, grita: 

—¡Te quiero!

Y yo respondo emocionada:

—¡Yo también!

Me río.

Vuelvo a abrir la puerta de la nevera. El vino sigue allí. 

—Nada de eso. Mañana toca pierna.

Lleno la copa con agua y salgo de la cocina.

Sí, una copa.

Pero de agua.

Después bebo una cerveza sin alcohol y luego más agua, convencida de que puedo expulsar del cuerpo hasta la última gota de alcohol de aquella media copa. Al final tengo la barriga como un globo de fiesta infantil, a punto de estallar, pero continúo caminando frente a la televisión como si mis movimientos pudieran ayudar a España. 

En algún momento tengo que bajar con mi perrita.

Y, naturalmente, como en cualquier película hollywoodense, justo cuando estoy en la calle, España marca. 

No veo el gol.

Lo escucho.

De repente todo estalla: las casas, el restaurante, la calle.

—¡¡¡Gol!!!

Yo también empiezo a gritar mientras corro hacia un restaurante cercano para no perderme la repetición.

Mi perrita no entiende nada. Está asustada por el ruido y por toda aquella gente celebrando.

Entonces un hombre se da cuenta, la toma en brazos y dice:

—Está asustada.

La sostiene durante un rato y la acaricia hasta que se tranquiliza.

Qué hermoso gesto, pienso.

En medio de una final, entre los gritos y la gente pendiente de la televisión, alguien se fija en una perrita asustada.

Fue un gesto pequeño, pero lleno de humanidad. 

El 19 de julio fue un día hermoso.

Aquella noche España se proclamó campeona del Mundial 2026.

Y mientras observaba a los jugadores besar la Copa del Mundo y levantarla hacia el cielo, me pregunté: 

¿Qué hace un campeón cuando ya ha ganado?

Nosotros vemos el gol, el pitido final, la copa levantada y la fotografía que quedará para la historia.

Pero un campeonato no se gana únicamente durante la final.

Se gana en todas las pequeñas decisiones que se tomaron antes de llegar hasta ella. En los entrenamientos que nadie vio. En los días de cansancio. En las veces que algo salió mal y hubo que intentarlo de nuevo. 

Y, probablemente, también en las decisiones que se siguen tomando cuando la celebración termina.

Yo gané el Mundial aquella noche porque le iba a España.

Pero hubo otra pequeña victoria que solo era mía.

No elegí agua porque beber una segunda copa de vino fuera una tragedia. Probablemente no habría pasado nada.

Lo que había cambiado era la conversación que tenía conmigo.

Cinco años de entrenamiento no solo habían modificado lo que hacía dentro del gimnasio. También habían cambiado lo que hacía un domingo por la noche frente a una nevera.

No siempre fue así.

Hubo días en los que no entrené. Días en los que negocié conmigo misma y terminé eligiendo lo contrario de lo que me había propuesto.

Por eso aquella copa de agua significó algo: fue la prueba de que un proceso repetido durante años había empezado a formar parte de mí. 

Quizás todos tenemos la tentación de una segunda copa.

Para alguien será una pizza entera después de prometerse que iba a cenar ligero. Para otro, una botella de vino a pocas horas de ir a trabajar, una hamburguesa de madrugada, saltarse el entrenamiento, gastar el dinero que quería ahorrar o posponer una semana más ese proyecto que dice que le importa. 

No se trata de no disfrutar.

Aquella noche disfruté muchísimo. Grité, celebré, brindé, hablé desde una ventana con personas que no conocía y corrí por la calle para ver la repetición de un gol.

La noche no perdió nada porque yo decidiera no beber otra copa de vino.

Se trata de comprender qué vida estás construyendo cada vez que eliges. Al principio cuesta. Hay que negociar, equivocarse y empezar de nuevo. Pero, con el tiempo, la disciplina deja de sentirse como una norma y empieza a formar parte esencial de quien eres.

Aquella noche España levantó la Copa del Mundo.
Yo levanté una copa de agua.

Y comprendí que nadie se convierte en campeón el día que levanta la copa.



historias@canasconganas.com