Vas caminando tranquilamente por la calle.

De repente, la punta del zapato se engancha con un pequeño desnivel del piso.

Todo ocurre tan rápido que el cuerpo reacciona antes que la consciencia.

Un pie sale disparado hacia adelante, los brazos se abren buscando el equilibrio y, en un instante, ya sigues caminando como si nada hubiera pasado.

Si vas solo, probablemente ni importancia le des.

Pero si vas acompañado…

—¡Uy, casi te vas!

—¡Devuélvete y pasa otra vez!

—¡Casi besas el piso!

Todos se ríen.

Tú también.

Y la caminata continúa.

Todo ocurrió en menos de un segundo.

Tan rápido que casi nadie cae en cuenta de que el cuerpo acaba de evitar una caída.

Hasta que un día pasa lo contrario.

Hace poco, saliendo del gimnasio, a escasas dos cuadras, subía las escaleras que llevan al costado de un supermercado cuando vi a una señora en el suelo intentando levantarse, sin conseguirlo.

Corrí para ayudarla.

Al mismo tiempo llegó otra señora que acababa de aparcar su vehículo. Me contó que había visto toda la caída desde el paso peatonal y que se detuvo porque la vio caer de cara contra el piso.

—Todo ocurrió en cuestión de segundos. Se tropezó. No le dio tiempo de reaccionar.

Cuando conseguimos levantarla, la nariz sangraba bastante y todavía temblaba por el impacto.

Lo que más me impresionó fue su actitud.

Sacó un pañuelo del bolso que llevaba cruzado sobre el pecho, empezó a limpiarse la sangre y repetía una y otra vez:

—Estoy bien. No se preocupen.

Mientras tanto, yo recogía las manzanas que habían rodado por el suelo, un yogur que había salido de la bolsa, las llaves dispersas y las gafas, que habían ido a parar bastante más allá. Al caer de frente, las gafas le habían abierto la piel cerca del entrecejo y también sangraba por ahí.

Otro señor, al ver el ajetreo, se acercó y preguntó si llamaba a una ambulancia.

Ella volvió a responder:

—No, estoy bien. No hace falta. Tengo mi coche ahí mismo.

Le ofrecí acompañarla porque seguía sangrando bastante, pero me quitó la bolsa de las manos, se puso las gafas y siguió caminando hacia su carro.

Aquella escena se me quedó grabada.

No solo por la sangre.

Sino porque un simple tropiezo había terminado con una señora en el suelo, de cara contra el piso y sangrando.

Mientras seguía mi camino no podía dejar de darle vueltas.

Ella se había tropezado.

Eso nos puede pasar a cualquiera.

La diferencia estuvo en lo que ocurrió durante esa fracción de segundo.

Y entonces hice lo que suelo hacer cuando algo despierta mi curiosidad: investigar.

Descubrí que recuperar un tropiezo no depende únicamente del equilibrio. Es el resultado de muchas capacidades trabajando al mismo tiempo.

La fuerza de las piernas.

La estabilidad del core.

La movilidad de tobillos y caderas.

La coordinación.

La velocidad con la que el sistema nervioso detecta que estamos perdiendo el equilibrio y envía la orden para corregir el movimiento.

Y, por supuesto, el propio equilibrio.

Es un trabajo en equipo.

Hasta ese momento nunca había pensado en entrenar el equilibrio por separado.

Siempre había pensado en la fuerza, la movilidad o la masa muscular.

Pero el equilibrio también forma parte de lo mismo: conservar el control sobre nuestro cuerpo.

Desde ese día adopté dos hábitos muy sencillos aprovechando momentos que ya formaban parte de mi día.

Cada vez que saco a mi perrita, me pongo las medias y los zapatos sosteniéndome sobre una sola pierna, sin apoyarme en la pared. Lo hago tres veces al día.

Cuando salgo de la ducha, también me seco cada pie manteniendo el equilibrio sobre el otro.

Son gestos muy pequeños.

No me toman prácticamente nada de tiempo.

Y, sin embargo, cada vez me siento más estable.

Semanas después de aquel episodio caminaba por la playa de Amió, en Cantabria, cuando mi pareja me comentó que en su gimnasio muchos practicaban el pino y que además estaban muy fuertes.

Sonreí.

—Eso me lo enseñó mi amigo Camilo Vargas en Colombia, en 2019.

Camilo practica calistenia y me enseñó la técnica. Durante semanas fui al parque casi todos los días a practicar. Me caía, volvía a intentarlo y, un día, simplemente, salió.

Así que decidí volver a intentarlo, esta vez en 2026.

La realidad fue mucho menos elegante de lo que recordaba.

Durante un buen rato me caí una y otra vez y terminé con arena hasta dentro de las orejas.

Por suerte, la playa era el mejor sitio posible para intentarlo. La arena amortiguaba cada caída y no había piedras.

Después de varios intentos, ahí estaba otra vez el pino.

Bueno… casi.

Con una sola pierna.

Le dije a mi pareja:

—¡Tómame una foto, por favor!

Mujer practicando el pino sobre la arena de una playa como ejercicio de equilibrio.

La foto terminó en mi estado de WhatsApp para alardear un poquito, no lo voy a negar.

Pero también quedó como un recordatorio: el cuerpo recuerda y, aun así, pierde precisión cuando deja de practicar.

A mis 47 años me he dado cuenta de algo.

Hay capacidades que no vale la pena esperar a perder para empezar a cuidarlas.

Yo empecé ese camino cuando entendí que todavía estaba a tiempo, como cuento en mi comienzo.

La fuerza es una.

La masa muscular es otra.

La movilidad también.

Y el equilibrio forma parte de ese mismo conjunto.

Al final, quizá una caída no dependa de una sola cosa.

Depende de un cuerpo que conserve la fuerza suficiente para reaccionar, la movilidad para corregir el movimiento, la coordinación para responder y el equilibrio para mantenerse en pie.

No podemos evitar todos los tropiezos.

Pero sí podemos hacer algo para que, cuando uno aparezca sin avisar, nuestro cuerpo tenga más posibilidades de responder.

Para mí, eso es la prevención.

Antes de irte, hazte dos preguntas:

Si alguna respuesta te hace dudar, ya sabes por dónde empezar.


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