La mujer que vive en mi cabeza
Todas las mañanas hay una mujer que intenta convencerme de abandonar la mujer que quiero llegar a ser.
No vive fuera de mí.
Vive en mi cabeza.
Nunca levanta la voz.
Nunca me dice que renuncie a mis sueños.
Sería demasiado evidente.
Ella es mucho más inteligente que eso.
Habla con calma.
Suena razonable.
—Quédate un rato más.
—Hoy estás cansada.
—No pasa nada si faltas un día.
Y durante unos minutos… casi siempre le creo.
Porque el cansancio de la mañana se siente real.
Mi cuerpo todavía viene del sueño. Las piernas pesan. La espalda está rígida. La cama sigue siendo un lugar amable.
Entonces hago lo primero que necesito antes de tomar cualquier decisión.
Doy gracias.
Gracias por un nuevo día.
Gracias porque mi cuerpo responde.
Gracias porque puedo levantarme.
Gracias porque tengo salud.
Empiezo desde la gratitud.
Y después empieza la verdadera batalla.
No contra el gimnasio.
Contra esa parte de mí que siempre quiere elegir lo cómodo antes que lo importante.

El verdadero enemigo
Durante mucho tiempo pensé que esta historia trataba de entrenar.
Hoy sé que no.
Envejecer no es el problema. El problema es abandonar la construcción de uno mismo.
Eso fue lo que entendí después de casi cinco años entrenando.
Porque ya hice el experimento.
Me he quedado en casa.
He escuchado esa voz.
Y descubrí que, cuando le hago caso, no recupero la energía que esperaba.
Me quedo más lenta.
Más apagada.
Más lejos de la mujer que quiero ser.
El momento en que todo cambia
En cambio, cuando salgo, aunque salga sin ganas, ocurre algo.
Los primeros minutos siempre cuestan.
Camino despacio.
La respiración empieza a cambiar.
El cuerpo recuerda.
Los músculos despiertan.
La mente se aclara.
Y, sin darme cuenta, aparece el encendido.
Entro apagada.
Salgo despierta.
No porque el gimnasio tenga poderes mágicos.
Sino porque el movimiento le recuerda a mi cuerpo de lo que todavía es capaz.
El premio nunca fue el cuerpo
Y sí, empecé a entrenar por estética.
Quería un abdomen más firme.
Piernas más fuertes.
Brazos más definidos.
No tiene sentido negarlo.
Pero con los años descubrí que el verdadero premio era otro.
El verdadero poder nunca estuvo en el abdomen.
Estuvo en todo lo que mi cuerpo todavía puede hacer.
Puede cargar.
Puede correr.
Puede abrazar.
Puede viajar.
Puede trabajar durante horas.
Puede levantarse después de una mala noche.
Puede seguir construyendo una vida.
Primero construyes esa fuerza.
Después entiendes que también debes protegerla.
Porque la fuerza no sirve solo para levantar peso.
Sirve para sostener la vida que quieres vivir.
La vida que quiero seguir viviendo
Tengo una hija.
Quiero caminar con ella durante muchos años.
Quiero acompañarla sin que mi cuerpo sea una limitación.
Quiero seguir construyendo proyectos.
Quiero seguir trabajando.
Quiero seguir viajando.
Quiero seguir siendo independiente.
Quiero seguir siendo libre.
No porque me dé miedo cumplir años.
Me da miedo dejar de vivir antes de tiempo.

Lo que me recuerdan mis canas
Mis canas me recuerdan esa verdad cada mañana.
Antes pensaba que hablaban de edad.
Hoy creo que hablan de responsabilidad.
Me recuerdan que el tiempo sigue avanzando.
Pero también me recuerdan que todavía puedo decidir cómo quiero atravesarlo.
No quiero detener los años.
Eso sería imposible.
Quiero atravesarlos con fuerza.
Con curiosidad.
Con independencia.
Con ganas.

La decisión de cada mañana
Por eso mi batalla nunca empieza en la caminadora.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando esa voz vuelve a aparecer.
La que me promete comodidad.
La que intenta convencerme de abandonar, solo por hoy, la mujer que llevo años construyendo.
Entonces recuerdo algo.
Nunca me he arrepentido de haber ido al gimnasio.
Sí me he arrepentido de haberme abandonado.
Todas las mañanas esa mujer de voz dulce vuelve a aparecer.
No ha desaparecido.
Sigue sonando razonable.
Sigue prometiéndome comodidad.
La diferencia es que ahora ya sé quién es.
Y también sé quién quiero ser yo.
Yo ya elegí
El tiempo seguirá pasando.
Las canas seguirán apareciendo.
Los años seguirán sumándose.
Eso nunca estuvo bajo mi control.
Lo único que sí puedo decidir es si quiero llegar a esos años habiéndome construido…
o habiéndome abandonado.
Yo ya elegí.
Y mañana, cuando esa mujer vuelva a susurrarme al oído…
volveré a elegir.
¿Y tú?
¿También hay una voz en tu cabeza que intenta convencerte de abandonar a la persona que quieres llegar a ser?
Me encantaría leerte.
Puedes escribirme a historias@canasconganas.com y contarme cuál es esa batalla que eliges dar cada mañana.
Quizá tu historia también pueda ayudar a otras mujeres.
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